23 nov. 2009

25 de noviembre

El encaje roto es un relato corto de Emilia Pardo Bazán que está considerado uno de los primeros textos feministas en España. El cuento relata cómo una joven deja a su novio plantado ante el altar ante el asombro de todos los invitados, y cómo posteriormente se niega a dar ninguna explicación de su decisión a pesar de todos los comentarios que se suscitan en la ciudad. Tres años después, le cuenta a una amiga por qué decidió, en el último momento, no casarse con ese hombre. El texto que viene a continuación es un fragmento. Si prefieres leerlo entero, puedes hacerlo en esta página. También puedes escuchar la narración.

Realiza las actividades después de leer el texto y el viernes lo comentaremos en clase.



EL ENCAJE ROTO

-Fue la cosa más tonta... De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas... Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter, algunas personas lo juzgaban violento; pero yo le vía siempre
cortés, deferente, blando como un guante, y recelaba que adoptara apariencias destinadas a engañarme y a encubrir a una fiera y avinagrada condición.
Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera para la cual…es un imposible seguir los pasos de su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza, los únicos que me tranquilizarían.
Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençon auténtico, de una tercia de ancho –una maravilla-, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el peculiar ruido del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Sólo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda su alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió por un horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra; la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás…Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel “no” brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí propia…¡para que lo oyesen todos!

-¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

-Lo repito: por su misma sencillez... No se hubiesen convencido jamás. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias...


Contesta a estas preguntas:
1. ¿Qué le preocupaba a Micaela antes del día de la boda?


2. ¿Qué sucede cuando Micaela rompe el encaje?

3. ¿Cómo piensas que habría reaccionado Bernardo si no hubieran estado rodeados de gente?

4. ¿En qué momento crees que toma Micaela la decisión de contestar "no"?

5. ¿Crees que Micaela tenía "una razón seria" para no casarse? ¿Qué crees que habría pasado si se hubiera casado con su novio?

6. ¿Cuál es el tema del relato? Compáralo con el vídeo de arriba. 


7. Compara la visión de la relación amorosa en el relato con la de los textos del Romanticismo.

8. Con ayuda de tu libro de texto, localiza en el relato algunos rasgos de la prosa realista.

9. Por último, puedes realizar este test del Instituto de la Mujer.